“La vida en los ramajes” o la poética feminista de Olalla Castro Hernández

Mucho después,

Rosa Park Diría:

“Solo estaba cansada,

tan cansada que tuve que sentarme”.

Fue cuando los blancos

siguieron murmurando,

cuando el revisor le ordenó,

asiéndola de un brazo,

que regresara atrás,

al sitio de los negros,

cuando ese gesto minúsculo

y liviano

hizo cambiar el curso de la historia.

– “Rosa Park no quiso levantarse”


Olalla Castro Hernández (Granada, 1979) es licenciada en Periodismo por la Universidad de Sevilla y doctora en Teoría de la Literatura por la Universidad de Granada. Ha resultado ganadora en varios certámenes literarios (I Premio Internacional de Poesía Piedra del Molino, Segundo premio Relatos de Verano Ideal, Accésit Premio Internacional Artífice de Relato). Ha sido columnista del diario La Opinión de Granada durante seis años y cantante y letrista de varios proyectos musicales (Nour, Rebelmadiaq). En 2013 es galardonada con el Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández por su poemario La vida en los ramajes (Devenir, 2013).

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Ya nos estaba costando demasiado encontrar autoras andaluzas que escribieran desde un posicionamiento claramente feminista. Y, al fin, la hemos encontrado. A ella y a su fantástico poemario La vida en los ramajes, que es, al mismo tiempo, reivindicación de lo femenino como fuerza activa, cuestionamiento del canon literario y hermoso alegato en favor de los derechos humanos.

El libro se divide en cinco apartados. El primero da nombre al título, “La vida en los ramajes”, y es una declaración de intenciones. Se nos presenta una mujer que rompe los límites de la feminidad impuesta, siempre bajo sospecha y, por ende, mujer-fortaleza frente a los hombres-cálculo, claros secuaces del capital y enemigos de la vida. En “Las otras invisibles” se nos pone voz a grandes figuras de la literatura femenina como Virginia Woolf o Emily Dickinson, y se denuncia su ausencia en el canon literario. El tercer apartado, “Negritudes”, es un homenaje a la música y la cultura negra, en especial al jazz y al swing, sin olvidar el difícil contexto en el que nacieron estos géneros. En “Los modos del deseo o la mujer-sujeto”, la autora plantea una toma total de iniciativa en el terreno sexual, con poemas eróticos y amorosos.

Ya en la última parte, “Autobiografías apócrifas”, hay un paso del nosotras al yo, de lo social a lo individual. En un tono mucho más elegíaco, Olalla nos habla de rupturas liberadoras, así como de la necesaria autocrítica, ese replegarse hacia dentro y reconocerse, en lugar de desconocerse. Porque aún hoy lo personal sigue siendo político.

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La vida en los ramajes ha sido publicado por Devenir en octubre de 2013.

 una fresca canción de nour, uno de los proyectos musicales de la autora…

La destrucción en “La casa de la fuerza”, “Anfaegtelse” y “Te haré invencible con mi derrota”, de Angélica Liddell

¿Por qué?
Esa es la pregunta del dolor.
¿Por qué?
¿Por qué nos cargaste de sufrimiento si no nos diste fuerzas para soportarlo?
¿Por qué?
¿Por qué me arrancaré la carne con mis propios dientes y seguiré amándote?
¿Por qué?
¿Por qué no me quitas la rebelión?
(“Te haré invencible con mi derrota”)


Angélica González, más conocida como Angélica Liddell, nace en Figueras en el año 1966. Es dramaturga, poeta, directora y actriz. Ha publicado varias obras, entre las que destacan Perro muerto en tintorería y La casa de la fuerza. Ha recibido, además, numerosos premios como el Nacional de Literatura Dramática en 2012, el León de Plata de la Bienal de Teatro de Venecia 2013 y el Valle Inclán de Teatro en 2007. Es, sin lugar a dudas, una de las voces literarias más internacionales de nuestro panorama actual.

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La editorial La uña rota publicó en un solo volumen tres fantásticas piezas de Liddell: Anfaegtelse, Te haré invencible con mi derrota y La casa de la fuerza. Un conjunto que constituye una magnífica síntesis de la forma de afrontar un mundo que la autora considera perverso e injusto, un mundo que la reduce y la supera. Según Roberto Bolaño –cuyas palabras, aunque hablen de sí mismo, no paran de recordarme a Ángélica–, la obra es un perfecto collar de granos de arroz en donde cada uno lleva un paisaje pintado, y hay que tener la suficiente fortaleza de ánimo como para asomarse y descubrir el abismo y el vértigo, la pequeñez del ser y su ridícula voluntad.

Podría decir un sinfín de cosas sobre Angélica. Que su obra, que aspira a la catarsis a través del dolor corporal, devasta. Que pretende hallar la libertad que desafía las convenciones en todas las facetas de la vida, pero especialmente en el amor. Y es que no podemos obviar que el amor es el centro indiscutible de estas tres obras, ese amor que debería ser igualitario y cuyo mal uso o ausencia acaban en desastre, formando seres incompletos e inmundos. Ella proclama la necesidad de un amor bien entendido, que se traduce en empatía, comprensión, solidaridad, libertad y cariño. Algo que debe estar presente en todos los rincones de nuestra existencia.

Se encuentra en la línea de un teatro experimental en el que no hay presentación, nudo o desenlace y que está marcado por el conflicto. Presenta personajes desdibujados, marginales, que parecen incomunicados, sin capacidad para interactuar y que se dedican a expresarse a través de monólogos, a veces caóticos, que salen desde el mismo centro del dolor y la angustia vital. Anfaegtelse tiene como claro referente a Kierkegaard. Este filósofo usó la palabra, que etimológicamente significa angustia e inquietud, para definir el horror y la crisis espiritual ante el absurdo. Y es precisamente esto lo que Liddell denuncia. Esta obra se compone de un largo monólogo en que la voz literaria se nos muestra como producto monstruoso del comportamiento coercitivo de sus padres, que son una metáfora de una sociedad con convenciones estúpidas.

En una línea parecida se presenta Te haré invencible con mi derrota. Es otro largo monólogo en el que, esta vez, denuncia la injusticia natural. En ella le habla a un personaje célebre, la violonchelista Jacqueline Du Pré, que se vio obligada a dejar de dedicarse a la música a causa de una terrible enfermedad degenerativa. Es un grito estremecedor y rabioso que lanza preguntas que nunca obtienen respuesta “¿Por qué nos cargaste de sufrimiento si no nos diste fuerzas para soportarlo?” y que equipara el dolor espiritual de la autora con el dolor físico de la británica.

Por último, encontramos La casa de la fuerza. Esta es una pieza mucho más larga que las dos anteriores y que, por tanto, desarrolla de forma más amplia las ideas que maneja. Es aquí cuando la opresión social se materializa en un sujeto concreto: el hombre, pero como individuo que forma parte de una cultura opresiva que se reproduce en las canciones pop edulcoradas y en las películas de Jennifer Aniston. Nos presenta una serie de historias a través de algunos personajes femeninos que se desnudan para mostrarnos la cara más amarga de las relaciones de pareja y que culminan con varios casos de feminicidio en Méjico. Y muestra el ejercicio físico como recurso para superar su dolor espiritual: “Descubrí que la extenuación física me ayudaba a soportar la derrota espiritual. Me agotaba. Eran ejercicios de preparación para la soledad. Eran ejercicios de no-sentimientos para aniquilar el exceso de sentimientos. Pero poco a poco la soledad se impuso violentamente a la fuerza, y a partir de ahí la pelea entre la soledad y la fuerza fue salvaje. De modo que la fuerza me permitió ahondar en la fragilidad, la imperfección, la debilidad y la vulnerabilidad”. La casa de la fuerza es el lugar donde no somos amados y nos vemos obligados a compensarlo con la extenuación física.

Angélica Liddell es una experiencia necesaria. Su teatro contiene una profunda carga existencialista que pretende, como decía Artaud, impactar violentamente en el espectador para incitarlo a la acción. Nos transmite una serie vertiginosa de pontentísimas imágenes que acongojan y que pretenden hacer hincapié en las partes más crudas del sujeto social. Son unas piezas que, en vez de construir, destruyen. Angélica plantea una obra que es, más que un punto de partida, la consecuencia de la situación injusta y dolorosa que pretende arrasar.

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Este volumen fue publicado por La uña rota en 2011

“Me gustaría” una obra poliédrica de Amanda Mijalopulu

Normal es tener un trabajo que te saca todos los días de la cama y te cierra la llave de paso de los pensamientos. Vivir en una fábrica grande con ruidos y que te digan haz esto, haz lo otro, hora del descanso, come algo, duerme y, cuando nadie te vea, llora un poco si quieres. Son las seis pasadas, miércoles por la mañana, y nosotros vamos a tomarnos un par de aspirinas y a tumbarlos un rato. A sentirnos inútiles una vez más.


Amanda Mijalopulu (Atenas, 1966) es escritora. Estudió Literatura Francesa y Periodismo, oficio al que se dedicó como columnista en los principales periódicos de su país. Actualmente trabaja en el Centro Nacional del Libro de Grecia. Ha publicado novelas, cuentos y algunas obras destinadas al público infantil. Recibió el Premio de la Revista Revmata por Life is colourful outside (1994) y el Premio Diavazo por Wishbone Memories (1996). La traducción de Me gustaría ganó, también, el Premio Internacional de Literatura de la National Endowment for the Arts en los EE.UU el año en que se publicó, 2008. Su última novela se titula How to hide y fue publicada en 2010. Entre sus influencias más destacables están los grandes Borges y Calvino. Su obra ha sido traducida a más de diez idiomas.

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Poco sabíamos en España de Mijalopulu hasta que la editorial Rayo Verde publicó su primer libro de relatos, allá por el 2012. Hasta entonces no habíamos tenido la oportunidad de leer en español a esta autora. Toda apuesta entraña un riesgo, y en este caso, acertaron.

Me gustaría es, como reza su contraportada, “un texto de trece relatos”, a lo que la autora añade, en una nota final: “versiones de una novela que no está escrita”. De esta forma, los trece relatos son, al mismo tiempo, dependientes e independientes. Los personajes van saltando de uno a otro, pareciera que todo obedece a una misma desestructura en la que, si buscamos, hay nexos de unión. Una suerte de puzzle literario que combina surrealismo y, en ocasiones, elementos del realismo mágico y la narrativa más fantástica.

En los relatos hay desdoblamiento, dobles narradores, autorreferencialidad, historias dentro de historias, incluso una magistral no-entrevista con un Gran Escritor. Momentos que narran la sexualidad con gran crudeza, historias acerca de las dificultades de la maternidad, infidelidades que no son tales. Las historias que nos cuenta Mijalopulu se caracterizan por dos cosas, igual de importantes: la presencia de múltiples voces narrativas, y una ausencia de linealidad que choca frontalmente con la narrativa clásica y que, sin duda, se parece más a la vida que a la propia literatura.

Porque lo que le interesa a Amanda, al fin y al cabo, es desentrañar nuestro mundo real, el de todos los días. Y para ello, el relato es la forma narrativa más adecuada: “Prefiero los relatos. Son más cercanos a la escala humana. Las novelas son intentos desesperados de control; los poemas, delirios de grandeza.”

En definitiva, una obra rica en lecturas y desbordante de imaginación, en una edición magnífica y bellamente ilustrada para una de las pocas escritoras griegas accesibles a día de hoy en nuestra lengua.

Os dejamos aquí una entrevista a la autora.

Me gustaríaMe gustaría, de Amanda Mijalopulu, ha sido publicado por Rayo Verde Editorial en mayo de 2012.