‘Kallocaína’ de Karin Boye, sobre medias verdades y miedos absolutos

“Fui voluntario, es cierto, pero no tenía idea de que fuese así. Sabía que iba a sufrir, pero de un modo distinto, digamos que de un modo más bien solemne; sabía que iba a morir, pero de repente y extasiado. No de día y de noche, poco a poco. Creo que sería hermoso morir; entonces agitaría los brazos, me sofocaría. En una ocasión vi a una persona morir en la Residencia. Agitaba los brazos y se sofocaba. Fue espeluznante. Pero no fue sólo eso. No se puede imitar. Pero luego no dejé ni por un momento de pensar que debía de ser maravilloso tener ese proceder, una única vez. Hay que hacerlo, no se puede evitar. Si fuese algo voluntario, no sería decoroso. Pero no es voluntario… A nadie se le permite pararlo. Se hace, y punto. Cuando se muere, se puede comportar uno de cualquier manera, sin que nadie lo impida”.

La escritora sueca Karin Boye escribió ‘Kallocaína’, que se convertiría en su obra más internacional, en 1940, en pleno apogeo de los fascismos en Europa. Antes de escribirla, había viajado a tres países que marcarían profundamente el tono del relato: la Alemania nazi, la Unión Soviética y Grecia, que por aquel entonces estaba sumida en la dictadura fascista conocida como el ‘Régimen del 4 de agosto’. Así, en la novela el Estado Mundial es un ente abstracto pero omnipresente, un miedo que habita en todos los individuos. La autora explora los mecanismos de este miedo, cómo transforma las acciones de los individuos, empujándolos a situaciones límite. En este sentido, el estado no necesita manifestarse físicamente en la obra, no necesita torturar en espacios abiertos. El miedo es suficiente, un sentimiento palpable entre los ‘ciudadanos soldado’, que los convierte a todos en potenciales colaboradores, a todos en potenciales espías, a todos en posibles traidores.

kallocaina portadaBoye introduce en esta sociedad paranoica la tradición de las substancias nootrópicas o drogas inteligentes, que también están presentes en la obra de escritores como Philip K. Dick, que describió la ‘substancia D’ en su libro ‘Una mirada a la oscuridad’. En el estado que Boye nos describe, la kallocaína está a punto de cambiar las reglas de la verdad. Es en esta sociedad cambiante en la que se desarrolla la obra, cuyo protagonista, Leo Kall, está sumido en una especie de paranoia que le impide ver la misma realidad que otros aprecian. Kall es el anti héroe definitivo. Un hombre recluido en un estado claustrofóbico, que instintivamente ha hecho de la supervivencia su único modo de vida. Inconscientemente, se rige por la máxima de ‘mata o serás matado’, y vemos su lucha interior entre su deseo de rebelión y su impulso por lograr la redención propia mediante la acusación de los demás.

Boye, que acabaría suicidándose un año después de la publicación de ‘Kallocaína’, imprime a la obra un tono oscuro, claustrofóbico. No hay salvación posible para sus personajes, atrapados en una burocracia que imposibilita el amor, que prohíbe el miedo, que persigue los impulsos emocionales que no están directamente relacionados con el estado.

La novela fue escrita en un período muy concreto, durante unas décadas en que la ciencia ficción distópica vivió su mayor auge, particularmente en la Europa de los 30 y los 40, aupada por autores como Aldous Huxley, que publicaba ‘Un mundo feliz’ en 1932, y George Orwell, que haría lo propio con la obra ‘1984’, publicada en 1949. Boye, a pesar de la originalidad de su obra, no es tan conocida hoy en día como Huxley y Orwell, un hecho que puede estar relacionado con su orientación sexual y activismo por los derechos de las mujeres. Esta falta de popularidad entre el gran público contrasta con la calidad de la obra que, si bien comparte el interés de los escritores británicos por la angustia de individuos atrapados en una sociedad asfixiante, es mucho más intimista y centrada en su personaje principal.


Karin Boye. Sofie Livebrant

Karin Boye, fotografiada por Sofie Livebrant

Karin Boye (1900-1941) nació en la ciudad sueca de Gotenburgo, pero su familia se mudaría a Estocolmo pocos años más tarde. La autora estudió en las universidades de Estocolmo y Uppsala, y fue en esta última que tuvo su primera crisis referida a su identidad sexual, que contrastaba con sus creencias religiosas. Tras esta crisis, comenzó a interesarse por ideas marxistas y de izquierdas y también por el psicoanálisis. Casada brevemente con un hombre, Boye estuvo ligada sentimentalmente a varias mujeres durante su vida. Desde 1931, fue miembro de Samfundet De Nio, una exclusiva sociedad que funciona paralelamente a la Academia Sueca, con el objetivo de promover la literatura, el pacifismo y el feminismo. En abril de 1941, incapaz de hacer frente a una depresión con la que llevaba luchando gran parte de su vida, fue encontrada muerta por un viandante, tras internarse en un bosque sueco llevando sólo un frasco de pastillas con ella.

‘Kallocaína’ ha sido publicada en español por la editorial Gallo Nero.

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